Cualquiera que haya recorrido exposiciones, bienales, espacios off-space o incluso simplemente las redes sociales en los últimos años reconocerá rápidamente un motivo recurrente: los artistas utilizan cada vez más símbolos fuertes para hacer visibles cuestiones complejas de pertenencia, poder e identidad.
Una pieza de tela aparentemente sencilla —a menudo rectangular, de diseño claro y muy visible— se convierte en un escenario donde se narran historias de migración, historia colonial, resistencia o biografías personales. Precisamente aquí surge la pregunta: ¿Por qué los artistas utilizan cada vez más las banderas como medio para expresar identidad y cultura? ¿Y por qué este formato cobra nueva relevancia en una era de identidades híbridas y crisis globales? En lugar de simplemente marcar la afiliación nacional, estos símbolos se transforman en espacios multifacéticos de significación donde se superponen contradicciones, rupturas y esperanzas.
Al mismo tiempo, surge una nueva cultura material en torno a estas formas simbólicas: los diseños se crean en el estudio, se desarrollan digitalmente, se perfeccionan gráficamente y, finalmente, se traducen en textiles de alta calidad. Diseños individuales, tiradas cortas y formatos personalizados se pueden materializar, por ejemplo, a través de proveedores especializados en banderas que trasladan con precisión ideas artísticas a la tela, llevándolas literalmente a la esfera pública. Esto da como resultado objetos que son, a la vez, obras de arte, declaraciones, objetos cotidianos y documentos de procesos de negociación social.
El núcleo del fenómeno reside en esta tensión entre narrativa privada y simbolismo colectivo, y será examinado a continuación desde perspectivas históricas, estéticas, políticas y técnico-productivas.
Raíces históricas: cómo los símbolos moldearon la identidad colectiva
Antes de que el arte contemporáneo deconstruya, distorsione o recomponga símbolos, vale la pena mirar atrás: en muchas culturas, estandartes, escudos de armas, banderas y símbolos portadores de identidad colectiva durante siglos . Marcaban la afiliación a casas gobernantes, ciudades-estado, grupos religiosos o unidades militares y hacían visibles las jerarquías en el sentido más estricto de la palabra.
En el contexto europeo, los escudos heráldicos representan la continuidad genealógica, mientras que en otras regiones las banderas se integraron en rituales, procesiones y festivales, estableciendo así una estrecha conexión entre comunidad, territorio y símbolo. Esta historia continúa moldeando la comprensión intuitiva de que ciertos colores, formas y símbolos son más que una simple decoración: encarnan relaciones de poder, límites y memorias colectivas.
Con el auge de los estados-nación modernos, este simbolismo adquirió una nueva dimensión. Las banderas nacionales se convirtieron en símbolos con una fuerte carga emocional, evocando tanto fervor patriótico como crítica radical. Revoluciones, movimientos independentistas y luchas de liberación emplearon banderas rediseñadas para marcar su distanciamiento de los regímenes coloniales y autoritarios.
Especialmente en contextos poscoloniales, ha quedado claro que el potencial creativo de los símbolos siempre es también un terreno político. Quienes los crean contribuyen a determinar cómo se presenta un colectivo, tanto interna como externamente. Cuando el arte contemporáneo retoma esta tradición hoy en día, no solo cita formas históricas, sino también las largas y a menudo conflictivas luchas por el poder de definir el significado y la interpretación que se inscriben en estos motivos.
Práctica artística contemporánea: historias individuales en la tela y en el espacio

Foto de Sushanta Rokka @sanoyatra, vía Unsplash.
En esta situación, los artistas utilizan formas simbólicas que recuerdan a las banderas clásicas para contar historias de caminos de vida individuales:
Historias de migración, perspectivas diaspóricas, identidades queer o experiencias con el racismo y el clasismo se capturan en la tela a través de colores, formas y símbolos gráficos.
Del emblema nacional estandarizado surge una especie de biografía personal o colectiva en forma de pancarta, que cuelga en espacios expositivos, se lleva por el paisaje urbano o se incorpora a representaciones . Precisamente por su familiaridad, la disrupción es aún más llamativa cuando, por ejemplo, los colores nacionales se rompen, se invierten o se combinan con símbolos inesperados.
La práctica artística abarca desde obras estrictamente gráficas hasta instalaciones híbridas donde se entrelazan paneles de tela, vídeo, sonido y performance. Objetos con forma de bandera pueden disponerse en filas o extenderse sobre el suelo. También pueden cubrir cuerpos o colocarse en lugares inusuales, como patios, azoteas o lugares donde de otro modo no se verían símbolos oficiales.
Este cambio de perspectiva modifica el enfoque: se trata menos de la representación de un estado y más de quiénes son representados y qué experiencias se reflejan en el canon de imágenes colectivas. En este sentido, muchos proyectos pueden interpretarse como intentos de identificar lagunas. Estas lagunas deben llenarse con nuevos símbolos autodeterminados, ya no impuestos desde arriba, sino diseñados por los directamente afectados.
En la práctica curatorial , es notable que estas obras se exhiban a menudo en contextos temáticos más amplios: formatos expositivos sobre temas como "Fronteras , "Diáspora , "Queerness , "Poscolonialismo" o "Activismo climático" utilizan objetos con forma de bandera para hacer tangibles los discursos espacialmente. Allí, los visitantes no solo pueden reaccionar estéticamente, sino también interactuar físicamente con las obras. Por ejemplo, pueden caminar entre largas filas de pancartas, pasar bajo paneles de tela o interactuar con elementos de la instalación.
Estos proyectos suelen ir acompañados de formatos de divulgación como talleres, debates o procesos creativos colaborativos en los que las personas desarrollan su propio simbolismo. Esto revela que el arte contemporáneo no solo produce obras terminadas, sino que también inicia procesos colectivos en los que la identidad y la cultura se renegocian constantemente.
Tres artistas internacionales que utilizan el medio de los textiles y la forma de la bandera para renegociar la identidad, la migración y la pertenencia.
Todos ellos transforman el tejido –tradicionalmente portador de escudos y colores nacionales– en un “archivo del tacto” que almacena historias personales y políticas.
Yinka Shonibare CBE (Gran Bretaña / Nigeria)
Temas principales: Poscolonialismo, cuestiones de clase, la construcción de la “autenticidad”.
Yinka Shonibare es quizás la figura más importante en cuanto a la deconstrucción de la identidad nacional a través de la tela. No utiliza banderas clásicas, sino que sustituye su función por un símbolo gráfico específico: la tela "Dutch Wax".
El código gráfico: Shonibare utiliza telas batik coloridas, aparentemente "africanas". El truco: Estas telas son producto de las rutas comerciales coloniales, desarrolladas originalmente en Indonesia, industrializadas por los holandeses y luego comercializadas en África Occidental. La tela en sí misma es una mentira sobre su origen y autenticidad.
Práctica artística: Crea esculturas, velas e instalaciones (como " El Barco Nelson en una Botella ") en las que estas telas ondean como banderas de una nación híbrida. Aborda el clasismo y el racismo vistiendo a aristócratas victorianos con estas telas o usándolas como velas para los barcos de los exploradores.
El mensaje: La identidad nunca es pura; es una red compleja de comercio global, poder y apropiación.
Sara Rahbar (EE. UU./Irán)
Temas clave: Migración forzada, el trauma del exilio, disonancia geopolítica.
Sara Rahbar, quien huyó de Irán a Estados Unidos de niña, antes de la revolución, trabaja directamente con la forma física de la bandera. Su Serie de Banderas (2005-2019) es una obra monumental de arte diaspórico.
La cifra gráfica: utiliza la bandera estadounidense (Stars and Stripes) como base literal y la “infecta” o complementa con textiles de Medio Oriente, bordados tradicionales, pero también con correas militares y objetos dolorosos.
Práctica artística: Sus banderas cuelgan de la pared como pieles pesadas y agobiadas. Son collages de fragmentación. Las líneas duras de la bandera estadounidense se ven interrumpidas por elementos orgánicos, caóticos o artesanales de Oriente.
El mensaje: Aquí, la historia de la migración no se cuenta como una narrativa de integración exitosa, sino como una dolorosa grieta. La bandera se convierte en un campo de batalla donde el anhelo de pertenencia choca con la realidad de la exclusión.
Jeffrey Gibson (EE. UU./Choctaw-Cherokee)
Temas principales: Identidad queer, historia indígena, interseccionalidad.
Jeffrey Gibson (representante de Estados Unidos en la Bienal de Venecia 2024) combina el lenguaje visual de los pueblos indígenas de América del Norte con la estética de los clubes queer y la protesta política.
El símbolo gráfico: Gibson utiliza abstracciones geométricas que recuerdan a los patrones tradicionales de tejido Cherokee o a la pintura parfleche, y las combina con colores neón, flecos y abalorios. A menudo integra fragmentos de letras de canciones pop o activismo como lemas gráficos.
Práctica artística: Sus obras suelen colgarse como enormes tapices que simulan banderas o se yerguen en la sala como prendas escultóricas. Recuerdan a la indumentaria de los powwows, pero también a la "Bandera del Orgullo". De esta forma, crea espacios seguros para las personas marginadas por el racismo y la homofobia.
El mensaje: La visibilidad es supervivencia. Sus "banderas" celebran la diferencia y exigen con fuerza el espacio para una identidad que sea a la vez indígena y queer, y que no tenga que elegir entre tradición y modernidad.
Entre la protesta y la pertenencia: mensajes políticos y autoafirmación cultural
Pocas formas simbólicas están tan estrechamente vinculadas a los movimientos políticos como la bandera, y es precisamente aquí donde se originan muchas obras artísticas. Cuando los artistas usan banderas en manifestaciones, performances o intervenciones en el espacio urbano, la práctica artística y las estrategias activistas se fusionan. Las imágenes familiares de marchas de protesta cubiertas de pancartas que representan, por ejemplo, la justicia climática, las causas feministas o las luchas antirracistas, se han convertido desde hace mucho tiempo en parte de la memoria visual colectiva. Esta memoria se perpetúa a través de los medios de comunicación, las redes sociales y las instituciones culturales.
Los proyectos artísticos retoman este lenguaje visual, lo exageran, lo subvierten irónicamente o lo radicalizan mediante rupturas iconográficas inesperadas. Al hacerlo, los códigos familiares de la estética de protesta se convierten en tema de reflexión: ¿Quién puede hablar por quién, qué símbolos se incluyen y qué historias permanecen invisibles?
Los grupos cuyas voces han sido históricamente marginadas a menudo usan sus propios símbolos para forzar su visibilidad y practicar la autoafirmación cultural. Formas similares a banderas, que representan, por ejemplo, perspectivas queer, indígenas, migrantes o anticoloniales, se exhiben en público y constituyen un contracanon al simbolismo tradicional, principalmente basado en el Estado-nación. No se trata simplemente de visualizar reivindicaciones, sino de la experiencia de unirse bajo un símbolo compartido, reconocerse en él y experimentar fuerza.
La dimensión emocional es inmensa: cualquiera que se encuentre en una calle, frente a un parlamento o en una plaza, rodeado de símbolos que toman en serio su propia realidad vivida, experimenta la pertenencia de una manera que va mucho más allá de los debates políticos abstractos.
Al mismo tiempo, el arte también refleja los peligros asociados a los símbolos poderosos. Los movimientos nacionalistas, excluyentes o autoritarios utilizan banderas y símbolos similares para trazar fronteras, marcar la oposición y escenificar imágenes enemigas. Muchos proyectos artísticos abordan esta apropiación distorsionando, fragmentando o trasladando símbolos problemáticos a contextos completamente diferentes. Esto da como resultado obras en las que los colores y patrones familiares siguen siendo reconocibles, pero pierden su autoridad original.
El arte visibiliza que los símbolos no transmiten significados fijos, sino que son campos políticamente controvertidos. En este sentido, la pregunta de por qué los artistas utilizan cada vez más las banderas como medio para expresar identidad y cultura lo siguiente: siempre conduce a un análisis de la responsabilidad que conlleva trabajar con símbolos poderosos.
En este campo de tensión, los símbolos similares a banderas cumplen al menos tres funciones: reúnen emociones, marcan pertenencia y crean puntos de anclaje visuales donde las discusiones sobre el poder, la justicia y las perspectivas futuras pueden atracar sin perderse en fórmulas abstractas.
Materiales, diseño y producción: del estudio a la fábrica especializada
El trabajo artístico con símbolos no termina con el diseño en papel o en un programa gráfico. Lo crucial es cómo las ideas se pueden plasmar en materiales que resistan espacios exteriores ventosos, cubos blancos neutros o espacios improvisados. La calidad de la tela, el tejido, las costuras, el proceso de impresión, la resistencia a la luz y la elección del formato influyen directamente en la percepción de una obra.
Los materiales finos y transparentes pueden enfatizar la fragilidad y la vulnerabilidad, mientras que los textiles pesados y robustos transmiten estabilidad y durabilidad. Las láminas metálicas, las superficies reflectantes o las aplicaciones multicapa crean capas adicionales que se ven diferentes según la luz y añaden nuevos niveles de interpretación. Una idea gráfica se convierte así en un objeto multifacético que interactúa con el espacio, el viento, los cuerpos y las miradas.
En la realidad de la producción artística, la colaboración con talleres especializados, impresores textiles y fabricantes desempeña un papel cada vez más importante. Muchos artistas carecen de la infraestructura técnica necesaria para producir pancartas de gran formato con calidad de museo. Plataformas y proveedores como pheno-flags transfieren con precisión diseños individuales a la tela, lo que permite formatos personalizados, tiradas cortas, colores especiales y diversas opciones de acabado.
Esto amplía el abanico de posibilidades con un presupuesto limitado: desde obras individuales numeradas a mano hasta series destinadas a proyectos comunitarios, festivales o diseños de exposiciones completas. La producción se convierte así en un proceso colaborativo donde la experiencia técnica y la intención artística están estrechamente alineadas.
Una visión general en forma de tabla ilustra cuán diferentes son los contextos en los que se utilizan hoy en día los objetos similares a banderas, y qué efecto pueden tener cuestiones de identidad
| contexto | Uso artístico | Impacto en la identidad y la cultura |
| Manifestación política | Banners de gran formato, mensajes claros, colores fuertes | Visibilidad de las preocupaciones, autoempoderamiento colectivo |
| Museo / Galería | Colgaduras basadas en instalaciones, formas distorsionadas o fragmentadas | Reflexión sobre la historia, las relaciones de poder y las reivindicaciones de interpretación |
| Proyectos comunitarios | Diseño cocreativo con grupos locales | Fortalecimiento de narrativas locales, reapropiación de símbolos |
| Festivales / Espacio urbano | Uso temporal de plazas, fachadas, puentes | Recodificación temporal del espacio público, invitación al diálogo |
| Formatos digitales/híbridos | Combinación de banners físicos con proyecciones y AR | Expansión de los discursos identitarios hacia espacios virtuales y globales |
Estas constelaciones dejan claro que la producción no se limita a la implementación técnica. Cada elección de material, cada dobladillo y cada ojal contribuyen al significado: si una pancarta se fabrica para resistir el viento y la intemperie durante años, transmite un mensaje de permanencia y resistencia. Si se elige deliberadamente un material frágil que se decolora, se deshilacha o se desintegra, la transitoriedad se convierte en parte del concepto.
La cuestión de si una obra se concibe como pieza única, de edición limitada o como un objeto libremente reproducible afecta directamente a las condiciones económicas e institucionales. Las colecciones, los museos y los compradores privados reaccionan de forma diferente a una pieza única y rara que a una serie que potencialmente circula en muchas manos. Así, el campo creativo se vincula una vez más a cuestiones de poder y propiedad, firmemente arraigadas en la historia de los símbolos poderosos.
¿Qué papel desempeñarán los símbolos poderosos en el arte del futuro?
De cara al futuro próximo, existen numerosos indicios de que los símbolos similares a banderas cobrarán aún más importancia como medio de expresión artística. La polarización política, la crisis climática, el aumento de la migración, las redes digitales y la coexistencia de realidades contradictorias crean una enorme necesidad de imágenes que condensen relaciones complejas de forma legible y a la vez multifacética.
Los símbolos que recuerdan a las banderas clásicas cumplen precisamente esta función: son reconocibles a distancia, transmiten emoción y, a la vez, ofrecen margen para la diferenciación artística. Especialmente en una época donde los algoritmos seleccionan infinidad de imágenes, las formas fuertes y claras pueden convertirse en puntos de referencia visuales en torno a los cuales se centra la atención y se desarrollan los discursos.
Esto también aumenta la responsabilidad del arte. Cualquiera que trabaje con símbolos históricamente cargados o políticamente controvertidos debe ser consciente de sus implicaciones. Los proyectos que abordan la cuestión de por qué los artistas utilizan cada vez más las banderas como medio para expresar su identidad y cultura reflexionarán cada vez más sobre las condiciones de su propia circulación: ¿Qué imágenes se viralizan, cuáles quedan atrapadas en el marco institucional del mundo del arte y cuáles son apropiadas por actores comerciales o políticos?
Al mismo tiempo, los nuevos avances tecnológicos —desde la realidad aumentada y los sistemas de imagen generativa hasta las innovaciones textiles sostenibles— abren nuevas vías de experimentación. Es probable que el arte produzca aún más formas híbridas en las que se entrelazan pancartas físicas, capas digitales y prácticas performativas.
El interés por los símbolos no es un regreso nostálgico a formas pasadas, sino una reacción al presente. En un mundo donde la identidad ya no se entiende como una categoría rígida, sino como un proceso de negociación, los símbolos se convierten en escenarios móviles para esta negociación. Pueden herir o empoderar, excluir o invitar, endurecer o abrir.
Precisamente por esta razón, sigue siendo crucial que la práctica artística sea consciente de esta tensión y cree espacios donde los símbolos no se limiten a reproducirse, sino a examinarse críticamente y reinventarse. En este sentido, las obras de arte con forma de bandera son menos respuestas que preguntas: preguntas sobre quiénes somos realmente, quiénes podrían estar bajo un símbolo común y quiénes podrán contribuir a la configuración de estos símbolos en el futuro.

Propietaria y directora general de Kunstplaza. Publicista, editora y bloguera apasionada en los ámbitos del arte, el diseño y la creatividad desde 2011. Licenciada en diseño web (2008). Ha perfeccionado sus técnicas creativas mediante cursos de dibujo a mano alzada, pintura expresiva y teatro/actuación. Posee un profundo conocimiento del mercado del arte, fruto de años de investigación periodística y numerosas colaboraciones con figuras e instituciones clave del sector artístico y cultural.










